Historia de los insecticidas

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Hay científicos que piensan que los productos que llevan pesticidas deberían alertar al consumidor igual que los paquetes de tabaco. Los pesticidas pueden matar o producir cáncer, no hay que olvidar que fueron concebidos para matar.

Según la Pesticides Action Network, los pesticidas son los únicos productos químicos concebidos por el ser humano y liberados intencionadamente en el medio ambiente para matar o dañar a otros organismos vivos.

Las palabras herbicida, insecticida, fungicida, molusquicidas, nematicidas, rodenticidas, pesticida… tienen un sufijo común, “cida” que viene del latín “caedere”, o sea, matar. Según su etimología, los pesticidas son asesinos de pestes, que a su vez, proviene de la palabra inglesa “pest”, que significa planta, insecto o animal dañino. Recordemos que en la Naturaleza no hay ningún animal o planta dañino, a no ser que exista un desequilibrio entre depredadores y depredados. Una desgraciada anécdota sobre pestes se produjo en Europa durante el largo período de la caza de brujas. No solamente se mataron a muchas mujeres en la hoguera. También sufrieron persecución y muerte los gatos. Lo que hizo que las ratas y roedores camparan por sus anchas y esparcieran “La peste”.

Curiosamente, en Francia, las industrias químicas fabricantes de pesticidas, se han asociado en la “Unión de las Industrias de la Protección de las Plantas” (BASF Agro SAS, Bayer CropScience, Dow AgroSciences, DuPont, Monsanto y Syngenta, entre otras). Actualmente ya no se habla de pesticidas sino de productos fitosanitarios. ¡Vaya eufemismo! Hay autores que denuncian que es un engaño a los agricultores y a la población en general.

Veamos un poco la historia:

Los pesticidas se usaban desde la antigüedad. Eran de origen mineral, animal o vegetal (plomo, azufre, hojas de tabaco en América o neem en India). En Grecia se usaba el arsénico, uso que se extendió hasta la China y Europa en el siglo XVI hasta que se prohibió en el 2001 en Europa para los cultivos vitícolas. En Francia se usaba el “caldo bordelés”, una mezcla de sulfato de cobre y cal que se aplicaba a las viñas desde 1885 para luchar contra el mildiu y como herbicida. También existía el “verde de París”, arsenito de cobre, que se usaba para matar ratas en las alcantarillas de París y se exportó a Estados Unidos como insecticida para las plantaciones de frutales.

Durante la Primera Guerra Mundial se establecieron las bases de la producción masiva de pesticidas gracias al desarrollo de los gases y productos químicos de combate. Era el inicio de la guerra química. Se considera que Fritz Haber es el padre de la guerra química. Fritz Haber nació en el año 1868, y se hizo famoso por haber inventado el procedimiento de fabricación del amoníaco por síntesis del hidrógeno con el oxígeno del aire. Hecho que le valdrá el premio Nobel de química en el año 1918. También trabajó sobre la fijación del nitrógeno atmosférico que serviría para la producción de abonos químicos nitrogenados que reemplazarían los abonos naturales como el guano chileno, o la típica “ensaimada” de vaca.

Cuando estalla la Guerra Mundial, Fritz Haber dirigía el Instituto Kaiser Wilhelm, en Berlín. Naturalmente el gobierno alemán solicita que el laboratorio participe en el esfuerzo de la guerra. Fritz Haber tenía un equipo de 150 científicos y 1300 técnicos y su misión fue desarrollar gases irritantes para hacer salir a los soldados aliados de las trincheras. Esto a pesar de que las armas químicas habían sido prohibidas durante la Declaración de La Haya en el 1899.

El desarrollo práctico se confía a Ferdinand Flury, encargado de probar los efectos y mecanismos toxicológicos de los gases tóxicos en ratones, ratas, monos y en caballos. De todos los experimentos sale el gas de cloro. En ese momento el cloro todavía no se usaba industrialmente. Desde el año 1795, cuando el químico Claude-Louise Berthollet, presenta la descripción del uso blanqueador de la lejía (que es una solución de cloro y potasio inventado en una fábrica parisina del barrio de Javel (por ello en francés se llamaba “eau de Javel”) la molécula experimentó un éxito fulgurante como agente blanqueador, tanto en la industria textil como en la papelera.  De momento, el uso del cloro es limitado, porque el estado habitual del cloro es un gas amarillo-verdoso y es extremadamente tóxico, con un olor sofocante muy desagradable que ataca violentamente las vías respiratorias. Precisamente son estas “cualidades” tóxicas del gas de cloro, junto al hecho que es más pesado que el aire, por ello tiene tendencia a concentrarse cerca del suelo (ideal para las trincheras!) lo que hace que Fritz Haber y su equipo se interesen por él.

Así, el día 22 de abril de 1915 el ejército alemán lanza 146 toneladas de gas en Ypres (Bélgica) bajo la dirección de Fritz Haber, que se desplaza personalmente para supervisar los ataques químicos. Él fue quien organizó la instalación secreta de 5000 toneles de cloro a una distancia de 6 kilómetros y quien ordenó abrir las espitas a las 5 de la mañana. Empujado por la brisa, el gas se propaga por las trincheras aliadas. Tomados por sorpresa, los soldados franceses (principalmente argelinos), los británicos y los canadienses caen como moscas tratando de protegerse la cara.

Fritz Haber pagará cara esta primera victoria. Unos días después del gaseado de las trincheras, su mujer, Clara Immerwahr, química como él, se suicida disparándose una bala al corazón con el arma de servicio de su marido, que había sido ascendido al grado de capitán. Según dicen ella se oponía a los trabajos de su marido en la guerra química.

Los aliados se equiparon con máscaras de gas. Con ello el cloro ya no era operativo. Entonces en Berlín prueban el fosgeno, mezcla de dicloro y monóxido de carbono. La mezcla de estos dos gases es menos irritante para los ojos, nariz y garganta, pero es la más mortal de las armas químicas elaboradas por el Instituto en Berlín. Esta mezcla ataca los pulmones llenándolos de ácido clorhídrico. Actualmente se usa el fosgeno como compuesto químico en la industria de los pesticidas. Y casualmente, es también uno de los componentes del sevin, el insecticida que fue el origen de la catástrofe de Bhopal en diciembre de 1984 en la India.

Al final de la Primera Guerra Mundial, el ejército alemán suelta el último “hallazgo” de Fritz Haber: el gas mostaza. Sus efectos son terribles: quema la piel, la córnea, provoca ceguera y ataca la médula ósea, lo que provoca leucemia. Son raros los casos de supervivencia a una intoxicación de gas mostaza.

Así pues, la Primera Guerra Mundial fue una gran oportunidad para los industriales químicos para establecer las bases de sus imperios. Hoechst aprovisiona al ejército alemán de explosivos y gas mostaza. DuPont (estadounidense) aprovisiona a los aliados de pólvora y explosivos. Monsanto que producía sacarina, vendía productos químicos para fabricar explosivos o gas de combate, entre ellos el ácido sulfúrico y el fenol.

Después del fin de la guerra Fritz Haber fue inscrito en la lista de criminales de guerra de ambos bandos. Se refugió en Suiza hasta que en el 1919 se retiró la demanda. Un año después recibió el premio Nobel de química por sus trabajos sobre el procedimiento industrial de la síntesis del amoníaco. Su nominación provocó un clamor de protesta en la comunidad científica internacional con boicots ingleses, franceses y americanos porque encarnaba precisamente lo que Alfred Nobel, inventor de la dinamita, había denunciado en su testamento: la alianza entre la ciencia y la guerra.

Sin embargo, Fritz Haber es conocido quizás más por la “ley Haber”. ¿Qué es la ley Haber? La ley Haber es una ecuación que permite calcular la toxicidad de los gases, es decir, su eficacia y su poder letal. O sea, la ley Haber expresa la relación entre la concentración del gas y el tiempo de exposición necesaria para provocar la muerte de un ser vivo. La cantidad C presente en un metro cúbico de aire se expresa en miligramos y se multiplica por el tiempo T expresado en minutos que es necesario para obtener un efecto letal en el ser vivo que inhala el aire. Cuanto más pequeño es el producto C x T mayor es la toxicidad del gas. También notó que la exposición a una concentración débil de gas tóxico durante un largo período tiene el mismo efecto mortal que una exposición a una dosis elevada durante un período corto.  O lo que es lo mismo, que la exposición a 1 minuto de 100 mg/m3 es equivalente a 10 minutos de 10 mg/m³ (1×100=100, al igual que 10×10=100).

Esta ley inspiró la creación de una de las herramientas fundamentales de la evaluación y gestión de los riesgos químicos: La dosis letal 50 o DL 50. Fue inventada oficialmente en 1927 por el británico John William Trevan y es un indicador de toxicidad que mide la dosis de sustancia química necesaria para matar a la mitad de los animales de laboratorio (habitualmente ratones y ratas) en forma de inhalación, ingestión o aplicación cutánea. Esta dosis letal se expresa en unidades de masa de sustancia relacionada con la masa corporal del ser vivo expuesto (mg/kg).

Desgraciadamente, las agencias de reglamentación se sirven solamente de la primera parte de su ley para evaluar la toxicidad de los pesticidas, y olvidan los efectos a largo plazo.

Algunos productos químicos, como el cianuro de hidrógeno son desintoxicados rápidamente por el cuerpo humano, y no siguen la ley de Haber. En estos casos la dosificación mortal es calificada por la duración de la exposición (ej.: 10 minutos). En estudios ambientales, LCt puede también referirse a la concentración en agua en vez del aire.

Para los organismos que causan enfermedades, hay también una medida conocida como la dosis y la dosificación contagiosas medias. La dosis contagiosa media (ID50) es el número de los organismos recibidos por una persona por una vía determinada de administración (ej.: 1.200 org/hombre vía oral).

En la guerra biológica la dosificación contagiosa es el número de dosis contagiosas por minuto para un metro cúbico (ej.: ICt50 es 100 dosis medias-min/m³).

Algunas organizaciones han hecho campaña contra la DL50, que hace soportar a los animales muertes lentas y dolorosas. Varios países han tomado medidas para prohibir los ensayos de determinación de la DL50 oral, y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) suprimió el requisito de la prueba oral en 2001.

Aquí tenemos algunos ejemplos que he encontrado en internet de las cantidades de sustancia que dan a los animales de laboratorio:

DL50 oral del alcohol (etanol): 10,6 g/kg en ratas jóvenes, 7,06 g/kg en ratas viejas.

DL50 oral de la nicotina: 50 mg/kg en ratas.

DL50 oral de la sal (sal común): 3000 mg/kg en ratas.

DL50 de Tetrahydrocannabinol (ingrediente activo encontrado en el cáñamo): 1270 mg/kg en ratas.

DL50 del batraciotoxina: estimado en 1 a 2 µg/kg en seres humanos.

DL50 de Polonio 210: estimado de 10 (inhalados) a 50 ng (ingeridos) en seres humanos, hace de ésta una de las sustancias más tóxicas conocida. Un gramo en teoría podría envenenar a 100 millones de personas de los cuales 50 millones morirán.

Todo muy esperanzador…

Como dice Rachel Carson ¿quién puede creer que se pueda verter sobre la superficie de la tierra semejante diluvio de venenos sin hacer que enferme toda forma de vida? La industria química, fitosanitaria, o como quieran llamarla, es hija de la Primera y Segunda guerra mundial. En la carrera para desarrollar agentes de la guerra química, algunos productos químicos creados en los laboratorios resultaron ser letales para los insectos. A raíz de la muerte de los insectos o su intoxicación, mueren los pájaros y las plantas, los humanos tenemos cáncer, enfermedades y dejamos de ser fértiles al igual que los demás animales expuestos a los insecticidas y herbicidas.

De las investigaciones los científicos dedujeron que algunos productos son contaminantes orgánicos persistentes, porque se almacenan en la grasa de los animales y de los humanos. También porque son volátiles y se desplazan por la atmósfera llegando a los lugares más remotos del planeta.

Una anécdota triste es que Fritz Haber era judío. Y sus experimentos sirvieron para que inventara el Zyklon B, un potente gas insecticida que se usó para tratar las semillas de cereales y para matar judíos en las cámaras de gas. No fue prohibido hasta 1988. Pero en Francia hay constancia que se siguió usando hasta 1997. Una parte de su familia murió en las cámaras de gas Zyklon B.

“Este sistema produce enfermedades porque las normas políticas, económicas, reglamentarias e ideológicas privilengian los valores del beneficio en vez de los de la salud humana y del bienestar medioambiental. Las empresas ignoran ampliamente los costes sociales y medioambientales de sus actividades externalizándolas o haciendo que los asuman los gobiernos, los vecinos o los obreros.” “Cuanto más consiguen las empresas hacer pagar a otros la factura de su impacto social, más elevados son sus beneficios”. David Egilman y Susanna Rankin Bohme, profesores de medicina del trabajo y del medio ambiente de la Universidad de Brown (Rhode Island), 2005.

Existen plantas que sirven para ahuyentar los insectos no deseados.

Bibliografía:

Rachel Carson, “Primavera silenciosa”

Geneviéve Barbier y Armand Farrachi, “La Société cancérigène”

Marie-Monique Robin, “Nuestro venen cotidiano”

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